La primera noche de Viña 2025 marcó un momento histórico: el formato de “festival” con el que crecieron al menos cinco generaciones de chilenos murió definitivamente. La desastrosa actuación de George Harris fue la gota que derramó el vaso, pero la realidad es que el modelo del Festival de Viña agoniza desde hace al menos una década.
Bizarro y Mega — la productora y el canal a cargo del evento – confirmaron en pocas horas que Viña 2025 será el vestigio de una era que se desvaneció hace al menos un par décadas. Un “festival de la canción” televisado en 2024 no puede seguir siendo sinónimo de una gala de ¡cinco horas! diseñada para avisadores, donde artistas y público quedan relegados a un tercer plano; y luego, otras cinco horas donde se repite un rosario obsoleto, ajeno a la realidad y hábitos de consumo mediáticos de los chilenos nacidos en la década de 1980, 1990 y progresivamente desde 2000.
Me pregunto cuándo la Municipalidad de Viña del Mar se animará a romper con su pasado. La alcaldesa Macarena Ripamonti tiene aún el poder de proponer un nuevo formato para el evento insignia de la ciudad que gobierna, que se salte la ya clásica “gala” y transforme el festival en una experiencia dinámica, interactiva y que le pelee cara a cara a estandartes internacionales.
¿Por qué seguir repitiendo fórmulas obsoletas que, si salen al mundo, son simplemente “un maldito programa de televisión” como espetó Adam Levine? Al parecer, solo queda esperar a que desembarque Eurovisión en Latinoamérica — y todo lo que implica a nivel de producción y técnica – para despertar a la realidad de que los chilenos ya consumen y esperan contenidos radicalmente distintos a los últimos 40 años de producción de la pantalla chica local.
Pensar en un festival que genere un “¡me lo perdí!” en quienes no estén presentes físicamente en Viña — algo que la TV chilena, con su enfoque limitado, es incapaz de ofrecer hoy – y logre trascender la pantalla hacia las calles, las redes sociales y cada rincón de Viña del Mar no me parece una locura.
Tal como el Sónar en Barcelona y Lollapalooza en Chicago — y, si somos generosos, el experimento local de Primavera Sound Santiago en 2023 –, donde las ciudades son parte y no meras espectadoras de ambos certámenes, es posible aspirar a un evento que abarque la música en todas sus formas y expresiones, y convoque a artistas de diversos géneros y nacionalidades desde todas partes del mundo a presentarse y competir.
Transformar Viña requiere una apuesta decidida por romper paradigmas y dejar atrás la nostalgia de formatos, figuras y dinámicas del pasado. Reinventar el festival y convertirlo en un referente cultural que movilice tanto a la audiencia tradicional como a las nuevas generaciones está en manos de Ripamonti, quien tiene la oportunidad y el mandato de liderar un cambio generacional. No podemos seguir anclándonos a 55 años de recuerdos. Viña tiene que crecer y mirar hacia el futuro, y construir un festival que nos represente a todos, pero de verdad.